El Mediterráneo tiene decenas de islas que reciben millones de turistas cada verano, pero las más visitadas no son necesariamente las más interesantes. Santorini, Ibiza y Capri saturaron su capacidad hace años y hoy ofrecen una experiencia turística que tiene poco de auténtica y mucho de producción masiva.
Sin embargo, a pocas millas náuticas de estos destinos conocidos existen islas que conservan la arquitectura tradicional, los precios razonables y el ritmo de vida mediterráneo que buscaban los viajeros originales de los años sesenta. Estas cinco islas menos conocidas del Mediterráneo demuestran que todavía es posible descubrir lugares únicos sin competir por espacio en la playa ni pagar precios inflados por una cena frente al mar.
1. Vis, Croacia

Vis es la isla croata más alejada de la costa continental y esa distancia geográfica la ha protegido del turismo masivo que ya transformó a Hvar y Dubrovnik. Hasta 1989, la isla estuvo cerrada al turismo por ser una base militar yugoslava, lo que conservó su arquitectura original y evitó la construcción de grandes hoteles.
Hoy, Vis ofrece bahías escondidas como Stiniva, una de las calas más fotogénicas del Adriático accesible solo a pie o en barco, y pueblos de pescadores donde las konobas sirven pescado fresco a precios que en otras islas croatas ya desaparecieron hace una década.
2. Favignana, Italia

Favignana es la mayor de las islas Egadas frente a la costa oeste de Sicilia y se ha ganado el apodo de la Formentera italiana por sus aguas turquesas y su ambiente relajado. La isla tiene apenas 33 kilómetros de costa con calas de piedra caliza blanca y agua cristalina donde todavía es posible nadar sin multitudes incluso en pleno agosto.
La antigua tonnara Florio, una fábrica de atún del siglo XIX convertida en museo, cuenta la historia de la pesca tradicional del atún rojo que durante siglos fue la base económica de la isla, y el alquiler de bicicletas por cinco euros al día permite recorrer toda la isla en una tarde.
3. Folegandros, Grecia

Folegandros es la alternativa griega a Santorini para quien busca los acantilados dramáticos del Egeo sin las hordas de turistas de crucero. Su Chora, el pueblo principal encaramado al borde de un precipicio de 200 metros sobre el mar, es completamente peatonal y conserva la arquitectura cíclada tradicional con casas blancas, plazas sombreadas por árboles centenarios y tabernas familiares donde una cena completa con vino local cuesta menos de veinte euros por persona.
La iglesia de Panagia en lo alto del acantilado ofrece los atardeceres más espectaculares de las Cícladas sin necesidad de llegar dos horas antes para conseguir un lugar como ocurre en Oia.
4. Porquerolles, Francia

Porquerolles es la isla más grande del archipiélago de las Islas de Oro frente a la Costa Azul francesa y un destino que combina playas de arena blanca con bosques de pinos mediterráneos y viñedos centenarios. La isla está protegida como parque nacional desde 1963, lo que limita la construcción y prohíbe los vehículos motorizados excepto los de servicio, convirtiendo la bicicleta en el único medio de transporte para recorrer sus rutas entre calas.
El ferry desde Hyères tarda solo veinte minutos y permite escapar del lujo ostentoso de la Costa Azul para disfrutar de playas como la de Notre-Dame, considerada una de las más hermosas del Mediterráneo francés por su arena fina y sus aguas transparentes.
5. Nísiros, Grecia

Nísiros es una isla volcánica del Dodecaneso que funciona como excursión de un día desde Kos pero que merece quedarse al menos dos noches para experimentar su autenticidad. El cráter volcánico de Stefanos, todavía activo y accesible a pie, permite caminar literalmente dentro de un volcán rodeado de fumarolas de azufre y formaciones geológicas que parecen de otro planeta.
Los pueblos de Mandraki y Nikia conservan casas tradicionales encaladas con patios llenos de buganvillas, y las tabernas locales sirven pitaroudia, croquetas de garbanzos típicas de la isla que no encontrarás en ninguna otra parte de Grecia.
Yuniet Blanco Salas